Los escritores y cronistas grecolatinos que tuvieron oportunidad de coincidir con los celtas los definieron como un pueblo brutal y poco civilizado, aparentemente amante de las festividades. Destacaban también en la guerra y dominaban la metalurgia. No podían ni sospechar que muchas de sus creencias y tradiciones pervivirían, casi treinta siglos más tarde, en buena parte de los territorios que ocuparon en diferentes partes de Europa. La península ibérica vivió intensamente esta ocupación, así que todavía pueden seguirse las huellas de su presencia.
Hay que tener en cuenta, en cualquier caso, que es difícil rastrear una cultura celta pura en la península, como puede suceder en otros lugares como Francia. Cuando este pueblo ingresó en la península, no tuvo más remedio que mezclarse con otros que ya la habitaban, surgiendo así subculturas que dificultan el análisis de lo puramente celta. Por ejemplo, la cultura castreña del norte de España o los vetones, cuyo rastro puede encontrarse en el centro del país. Sirvan estas líneas, en cualquier caso, como introducción a una historia y un legado amplio que bien merece un estudio pormenorizado.
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