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jueves, 22 de junio de 2023

El secreto nuclear tras la búsqueda del Titanic que EE.UU. ocultó treinta años

 

En 2017, el oceanógrafo Robert Ballard admitió que la búsqueda del transatlántico fue una cortina de humo orquestada por la Casa Blanca para ocultar a la URSS la exploración de dos submarinos atómicos hundidos



El primer golpe le pilló desprevenido en el ring. «¿Encontrar el Titanic? Eso es imposible». De esta guisa fue recibido en los años ochenta el que hoy es el oceoneógrafo más popular del globo, Robert Ballard, cuando pidió a la Marina fondos para buscar el pecio del 'Buque de los sueños'. A partir de entonces comenzó un curioso toma y daca que terminó en pacto: las Fuerzas Armadas le entregarían la tecnología necesaria para hallar los restos del 'Buque de los sueños' a cambio de que él investigara los pecios de dos submarinos nucleares hundidos –el USS Thresher y el USS Scorpion– y analizara su peligro atómico.


El Titanic, famoso por haberse hundido tras chocar contra un iceberg el 14 de abril de 1912, fue la mejor tapadera para los servicios secretos de los Estados Unidos. Una cortina de humo cuya finalidad era que la Unión Soviética no se percatara de que se estaban buscando y estudiando los restos de los sumergibles. El destino, no obstante, quiso que el oceanógrafo hallara en el ínterin el premio gordo, el transatlántico de la naviera 'White Star Line', a mediados de septiembre de 1985. «El doctor Robert Ballard, jefe de la expedición científica que ha encontrado los restos del transatlántico 'Titanic', ha explicado sus hallazgos durante una rueda de prensa celebrada en Washington», explicaba ABC el 13.

Y que no se escandalicen los más escépticos, porque estas líneas poco tienen que ver con teorías conspiranoicas de objetos voladores no identificados o las áreas cincuentaitantos de rigor. La verdad la desveló el propio Ballard en una entrevista concedida en 2017 y replicada poco después en un documental. Y ahora, un lustro después, vuelve a ubicarse bajo los focos de la actualidad después de que un minisubmarino haya desaparecido mientras descendía por el Océano Atlántico con cinco turistas en su interior; todos ellos, deseosos de disfrutar de primera mano de los restos del 'Buque de los sueños'.


Secreto nuclear

Entender el origen de esta historia requiere viajar en el tiempo hasta 1982, año en que Ballard, oceanógrafo y comandante de la Reserva Naval, buscaba de forma desesperada financiación para desarrollar la tecnología que le permitiría construir un submarino capaz de sumergirse a una profundidad suficiente para descubrir el Titanic. Ansioso por comenzar a trabajar, decidió reunirse con Ronald Thunman, entonces jefe adjunto de operaciones navales para la guerra submarina, con el objetivo de obtener fondos. «Durante toda mi vida he querido buscar el Titanic», afirmó en su momento el científico.


A Thunman le pareció una locura invertir en el proyecto; demasiados contras y poco que ganar. Aunque sí se percató de que la tecnología que estaba desarrollando Ballard podía servir a la Marina para estudiar los restos de dos submarinos hundidos: el USS Thresher y el USS Scorpion, desaparecidos en 1963 y 1968. Por entonces los pecios ya habían sido descubiertos, pero los Estados Unidos desconocían si sus reactores nucleares podían suponer un peligro o no. El propio oficial desveló al National Geographic que, para él, desde el principio la importancia la tuvieron los sumergibles, y no el transatlántico hundido.

Thunman también desveló que, aunque confirmó a Ballard que podía hacer lo que desease cuando estudiara los restos del USS Thresher y del USS Scorpion, no le dio permiso de forma expresa para investigar la tumba marina del Titanic. Aunque, en palabras del oceanógrafo, John Lehman, el secretario de Marina, estaba al tanto. «La armada nunca esperó que encontrase el Titanic y, cuando sucedió, se pusieron muy nerviosos», añadió en su momento el científico. Al final, los militares usaron la atractiva leyenda del 'Buque de los sueños' para ocultar el verdadero objetivo de la misión y dar esquinazo a la Unión Soviética.


¿Por qué necesitaban a Ballard? Según desveló el mismo National Geographic tras investigar los hechos, debido a que los restos del USS Thresher y del USS Scorpion se encontraban a 3.000 y 4.600 metros de profundidad, una distancia excesiva para los sumergibles de los que disponía el Ejército. Ambas partes establecieron que los objetivos de la expedición serían dos. En primer lugar, determinar el peligro que suponía para el medio ambiente el que los restos de dos submarinos nucleares se hallasen bajo las aguas. En segundo término, averiguar si la Unión Soviética había participado en el hundimiento de alguno de ellos. Y la respuesta a ambas preguntas fue negativa.


Los datos recogidos por Ballard desvelaron además que el USS Thresher se había hundido, con total probabilidad, por culpa del fallo en una tubería. En el caso del USS Scorpion el oceanógrafo no logró esclarecer los hechos. Tan solo averiguó que algún desastre imposible de conocer provocó una inundación en la proa del submarino que le llevó hasta el fondo de las aguas. «No vimos indicios de que ningún tipo de que algún arma externa provocara el hundimiento de la nave», añadió en su momento Thunman.

Hallazgo

Mientras estudiaba los submarinos, Ballard aprendió una serie de lecciones sobre los efectos de las corrientes oceánicas en los restos de los navíos que se hunden. Gracias a ello, y a pesar de que solo disponía de doce días para hallar el Titanic, logró rastrear su pecio y llegar hasta los restos. Suponiendo que la nave se había partido por la mitad, buscó cualquier rastro de escombros que pudiese guiarle hasta el premio gordo. «Eso fue lo que nos salvó el trasero», explicó al National Geographic. Su pericia le valió la victoria del hallazgo.

El mismo Ballard recordó, poco después de desvelar su descubrimiento, que no todo el mérito había sido suyo, sino del equipo internacional que le acompañaba. Y así lo recogió el diario ABC aquel día de 1985; «En su conferencia de prensa, el doctor Robert Ballard, que dirigió las exploraciones, no tuvo más que palabras de admiración y aprecio para los colegas franceses que localizaron primero el Titanic con sondas acústicas. Luego, entraron en acción los norteamericanos con el buque oceanográfico Ignorr, desde el que un minisubmarino, totalmente automático, tomó miles de fotos del transatlántico».

ENLACES:

https://www.abc.es/historia/secreto-nuclear-tras-busqueda-titanic-eeuu-oculto-20230621132342-nt.html

miércoles, 29 de marzo de 2023

Las bacterias se están comiendo el Titanic: desaparecerá en un par de décadas

 RESUMEN ABC:

Halomonas titanicae se está dando un banquete con el óxido de hierro del mítico transatlántico. El pecio será historia en unas décadas


El 10 de abril de 1912, en su viaje inaugural, el trasatlántico «RMS Titanic» , el mayor barco de pasajeros del siglo XX, partió de Southampton con destino a Nueva York. Tan sólo cinco días después se hundió al chocar contra un iceberg en las gélidas aguas del océano Atlántico Norte , frente a las costas de Terranova.

A pesar de que la tragedia s e cobró la vida de más de 1.500 personas , en términos de pérdidas de vidas humanas, no ha sido el mayor naufragio de la historia. El record lo ostenta el trasatlántico alemán Wilhelm Gustloff, hundido a finales de enero de 1945 por los submarinos rusos y con más de 10.000 refugiados alemanes a bordo.

El «Titanic» estuvo en paradero desconocido hasta que en 1985 Robert Ballard, un oceanógrafo de la Universidad de Rhode Island, en Narragansett (Estados Unidos), lo descubrió por casualidad mientras participaba en una misión secreta de la armada estadounidense.

Bacterias corrosivas

El Titanic se encuentra a 3.800 metros de profundidad , en una total ausencia de luz y soportando elevadas presiones. Estas variables han permitido que su estado de conservación haya sido envidiable, tan sólo presentaba algunos carámbanos alargados y oxidado, a modo de estalactitas, de color rojizo, llamadas rusticles .

Desde hace unos años su suerte ha cambiado, su casco ha comenzado un proceso imparable de corrosión y en la actualidad no es más que un pecio oxidado que descansa en el fondo del océano.

En 1991 un grupo de científicos canadienses recogieron muestras herrumbrosas del «Titanic» y al analizarlas descubrieron atónitos que allí había vida, no sólo reacciones químicas. Tardarían casi veinte años en llegar a descubrir que se trataba de una especie de bacterias desconocidas hasta ese momento, unos microorganismos comedores de hierro a los que se bautizó con el nombre de Halomonas titanicae .

Se trata de unos seres vivos que tienen unas características asombrosas, viven en ambientes muy hostiles, a temperaturas muy bajas –entre 2 y 3ºC-, y con un escaso aporte de nutrientes. En otras palabras, el cadáver del navío es un auténtico edén para estas especies de bacterias.

Carámbanos de óxido

Por sorprendente que pueda parecer estas microscópicas bacterias podrían acabar en las próximas décadas con las 50.000 toneladas de hierro que componen la estructura del trasatlántico. Las «bacterias del "Titanic"» tienen una capacidad destructora descomunal, se dedican a «picotear» lenta pero incansablemente el pecio hasta que consiguen que el metal se haga inestable.

Estas bacterias se alimentan también de las ventanas, de las escaleras y de cualquier estructura de hierro del transatlántico, como pueden ser las calderas. Tan sólo el bronce permanece a salvo de su insaciable apetito. Con el paso del tiempo el mítico trasatlántico se convertirá en un amasijo de hierro irreconocible.

Afortunadamente, no todo son malas noticias, estas Halomonas , que han sido ignoradas por el hombre durante siglos, se pueden emplear como incansables trabajadores al servicio de la humanidad, con ellas podemos reciclar estructuras de hierro a grandes profundidades, desmantelar viejos restos de navíos, submarinos o plataformas petrolíferas.

Ahora viene la pregunta del millón, ¿las bacterias ya estaban cuando se hundió el «Titanic» o llegaron después?


RESUMEN:

Lleva más de un siglo bajo el agua, pero podría no durar mucho más. Los microorganismos que se alimentan del casco terminarán por devorar los restos del mítico barco


Se cumplen 105 años del primer y último viaje del Titanic. El malogrado transatlántico ha pasado a la historia mientras sus restos yacen en el fondo del mar. Al menos de momento, porque un ejército de bacterias 'comehierro' se están dando un festín con el barco británico ahora mismo. Tanto que en un par de décadas los restos físicos podrían desaparecer, alimentando todavía más su leyenda.

 

Los restos del Titanic se descubrieron en 1985, a 3,8 kilómetros bajo la superficie. Su estado era envidiable, gracias a la ausencia de luz y a las altas presiones, que habían frenado la corrosión. Pero pocos años más tarde, en 1991, los investigadores descubrieron que el óxido del casco contenía vida: ya en 2010 se detectó al responsable, una nueva bacteria bautizada como 'Halomonas titanicae' en honor del barco.

 

Aunque se alimentan del hierro del casco, al mismo tiempo estas bacterias protegen al barco de la corrosión aislándolo del agua marina

 

Las halomonas son proteobacterias halófilas, capaces de sobrevivir en concentraciones de sal tan altas que matarían a cualquier otro ser vivo, de incluso un 25%. El ambiente en el que descansan los restos del Titanic es inhóspito para el resto de organismos del planeta debido a la oscuridad y altísimas presiones... pero no para estos microorganismos. Así como los barcos antiguos son conquistados por bacterias que se alimentan de madera, H. titanicae adora el hierro.

Cuando el problema es la solución

'Halomonas titanicae' se adhiere a las superficies de acero y colabora con otros microorganismos para alimentarse del hierro. Estas bacterias han evolucionado para sobrevivir en marismas, donde la concentración de sal es muy variable debido a la evaporación: para evitar perder agua por ósmosis, producen una sustancia especial, llamada ectoína, que mantiene estables los niveles de líquido.

 

Las halomonas son proteobacterias halófilas, capaces de sobrevivir en concentraciones de sal tan altas que matarían a cualquier otro ser vivo

 

Irónicamente, las bacterias son causa y a la vez solución de todos los problemas del Titanic. Aunque se alimentan del material que lo forma, al mismo tiempo protegen el casco de la corrosión. Conforme los microorganismos colonizan la superficie creando biofilms (agrupaciones muy resistentes) para alimentarse del hierro, al mismo tiempo se convierten en una capa protectora que aisla el barco del agua del mar. El óxido en el que pensamos al imaginar un barco hundido se forma antes de que los microorganismos tengan la oportunidad de llegar a su 'presa'.

 

Por desgracia, el impacto mecánico de, por ejemplo, un ancla, puede eliminar la capa protectora y reanudar la corrosión. La contaminación por un derrame de petróleo como el producido en el Golfo de México en 2010 puede tener un efecto similar, al matar a las bacterias del casco. De todas formas, el Titanic sólo sobrevirá al paso del tiempo en forma de leyenda: al final todo el metal superviviente será digerido y reciclado.



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